Cómo elegir un árbol para un jardín pequeño
El error no es elegir mal el árbol de hoy. Es no mirar el que será dentro de quince años.
El error no es elegir mal el árbol de hoy. Es no mirar el que será dentro de quince años.
La pregunta no es cuál es más bonito. Es qué quieres que haga: tapar, frenar el viento, marca...
Es el paso que casi todo el mundo se salta, y el que decide si la planta vive diez años o dos...
Hay una idea muy extendida de que las plantas se ponen en primavera. Es comprensible: es cuando apetece salir al jardín y cuando todo está bonito en el vivero. Pero si hablamos de árboles, arbustos y setos, la primavera es la segunda mejor época. La primera es ahora.
La diferencia está en el orden en que trabaja la planta. En otoño el aire se enfría antes que el suelo: la parte de arriba deja de crecer, pero la raíz sigue trabajando durante meses en una tierra que todavía está templada y que, con las lluvias, por fin tiene agua.
Resultado: cuando llega la primavera, esa planta ya tiene un sistema radicular hecho y se dedica entero a crecer. La que plantas en marzo tiene que hacer raíz y hoja a la vez, y además con el verano encima.
La prueba se ve al segundo verano. Dos árboles iguales, uno plantado en otoño y otro en primavera, no se parecen en nada: el de otoño aguanta el calor y el otro va siempre justo de agua.
Árboles de hoja caduca. Es su momento. Arces, almeces, árboles frutales. Cuanto más cerca estén de perder la hoja, mejor se mueven.
Árboles y arbustos mediterráneos de hoja perenne. Madroño, mirto, laurel, lentisco. Agradecen el otoño porque enraízan sin el castigo del calor.
Setos. Es la mejor época, y además la más barata: plantados ahora cierran mucho antes.
Aromáticas y plantas de secano. Lavanda, romero, tomillo. Necesitan asentarse antes del próximo verano.
Bulbos de primavera. Se plantan en otoño y no hay otra ventana.
No hay prisa, y esa es la parte que casi nadie respeta. Espera a que la tierra esté húmeda de verdad, después de las primeras lluvias serias, no de un chaparrón que moja tres dedos.
Plantar en tierra seca y confiar en el riego funciona mal: el agua se queda en el cepellón, la raíz no tiene motivo para salir de él y la planta se queda ahí metida. Esa espera de dos semanas marca más diferencia que cualquier abono.
Plantar demasiado hondo. El cuello de la planta, donde el tronco se ensancha para hacerse raíz, va al nivel del suelo. Enterrado, se pudre.
Hacer un hoyo del tamaño del cepellón. Tiene que ser mucho más ancho, para que la raíz salga con facilidad. Hondo no hace falta.
Echar abono en el hoyo. Quema la raíz nueva y, si acaso, la invita a quedarse donde está el alimento fácil. Materia orgánica bien hecha sí; abono, en primavera y por encima.
Si quieres entrar en detalle, lo contamos entero en cómo preparar la tierra antes de plantar.
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